Desde las profundidades de esta celda de piedra, donde el sol es un recuerdo y la luna una leyenda, mi única compañía es la obstinada llama de esta vela. La cera gotea, una lágrima silenciosa por el tiempo que se escurre, y en cada parpadeo de luz vislumbro un eco del mundo que dejé atrás. Mi nombre ya no importa. Mi vida, consumida por el estudio de lo olvidado, ha quedado reducida a esta tinta y este papel. Soy, y seré, solo un guardián de las sombras.
El mundo exterior, en su ceguera, camina sobre verdades que lo sostienen como un andamio podrido. Se ríen de las historias que sus abuelos contaban junto al fuego, de los susurros en la oscuridad, de los mitos que se tejían en el silencio de los bosques. Pero yo sé que esos hilos, aunque invisibles, son los que realmente sostienen la tela de la realidad. Son los fantasmas de una memoria que se niega a morir.
En estas páginas no encontrarás cuentos de hadas para niños. Lo que aquí yace son los secretos que la humanidad, en su arrogancia, ha enterrado con ladrillos y cemento. Historias de lo que respira bajo las tablas del suelo, de lo que acecha en la esquina de tu visión y de lo que susurra tu nombre en la madrugada. Son las heridas abiertas del tiempo, cicatrices que jamás sanarán.
No es una labor de ocio, sino un deber. Es una batalla contra el olvido. Sé que la luz de esta vela es débil y que mi pluma no es más que una astilla contra el viento. Pero cada palabra es un faro, un grito en la oscuridad. Porque si no somos nosotros los que custodiamos estas verdades, ¿quién lo hará? ¿Quién le recordará al mundo que los monstruos son reales?
Que esta sea mi herencia, mi testamento. Que estas palabras sean un ancla para aquellos que sientan la misma llamada, el mismo escalofrío en la médula. Que la verdad, por terrible que sea, ilumine vuestro camino.
Pax vobiscum.
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